17/04/06
Carlitos y el árbol goleador.
Lo sé. Debo admitirlo. Soy de esos tipos que gritan de todo en la cancha. Le grito al juez y a los contrarios, pero por sobre todo me ensaño con las malas jugadas de los chambones de mi cuadro. He berreado todo tipo de improperios, pero son dos mis preferidos: “rústico” y “tronco”. “Rústico” se los espeto a quienes demuestran ser poco ágiles en el dominio del balón; “tronco” directamente es para los que parecen tener palos por piernas.
Lo sé. También debo admitir que soy de esos insoportables que cuando juega un picado, corre por toda la cancha y putea durante todo el partido. Entre los que me sufrieron alguna vez, están todos los del cuadro de barrio de la niñez. Recuerdo que en esos años mi viejo tenía la paciencia y dedicación de llevar a una trouppe de mocosos todos los fines de semana, a jugar interminables partidos de fútbol a diez goles. Estos “picados” duraban horas y a veces jugábamos tres o cuatro.
El escenario de tales épicas jornadas de "campito" era el Parque Batlle. Este parque es donde se ubica el Estadio Centenario de Montevideo, lugar donde otrora se conquistaran ejemplares hazañas deportivas por míticos teams uruguayos y donde hoy en día se luce la desidia de un país que no supo ni siquiera cuidar lo que más lo identificaba.
En fin. Dicho parque tiene varios claros donde se podían desarrollar los más increíbles y sanguinarios partidos de campito, con el único inconveniente de que era un parque muy arbolado. Existen en él árboles de todos los tipos, tamaños y colores. Unos se utilizaban para conformar los arcos agregando algún buzo y los que quedaban entremedio, como los jueces de un encuentro oficial, formaban parte del partido. En alguna ocasión había que eludirlos y, si te daba un rapto de habilidad, podías llegar a tirar alguna pared de árbol.
En el parque tuvimos una época de gloria donde pocos se atrevían a enfrentarnos. Los que conformaban el poderoso team de la esquina de Rodó y Requena eran: Carlitos, Juanjo, Alejandro, el Enano, Fabián, Lalo, mi viejo y yo. Carlitos es uno de esos amigos que siempre están en las malas y con el que solamente me peleaba en el fútbol. No era dotado para ser un jugador de campo, por lo cual se fue especializando en ser el portero del equipo. Una excelente actuación sucedía a una desastrosa, pero con el tiempo fue mejorando hasta hoy en día ser un arquero de confianza.
La cuestión es que nos encontrábamos en uno de esos partidos de campito. Como dije, en esa época teníamos un excelente nivel y goleábamos a quien se nos pusiera adelante. Las víctimas de ese día, no sabían como pararnos y eran aplastados 6 a 0. Todos queríamos ganar 10 a 0. La gracia ya no era ganar el partido, sino ser el goleador. Estábamos tan mal acostumbrados a ganar siempre, que teníamos una competencia interna por ser el goleador del día en el parque.
En un momento, un ataque del desperado y humillado equipo contrario culminó con una atajada de colección de Carlitos. La atrapó en el ángulo. Todos aplaudimos y él orgullosamente picó un par de veces la pelota (ya que había dos chiquilinas del barrio detrás de su arco mirando el partido), y se dispuso a sacar el fulminante contragolpe.
Todos corrimos y pedimos la pelota. Sería un contragolpe mortal. Carlitos dio un fuerte saque de mano con tanta mala suerte, que la pelota pegó en el pequeño tronco de un arbolito que estaba a unos diez metros. La pelota tomo una velocidad inusitada y se encajó en el ángulo derecho del atónito arquero.
Para que se visualice como fue, unos años después Maradona le convirtió un gol igual a los griegos en un mundial, solo que este fue a más velocidad y que el árbol no se lo gritó a la cámara. Juro que la pelota realizó la misma trayectoria y se encajó en el mismo ángulo y que Carlitos quedó igual de parado que el arquero griego. El árbol no festejo, pero sí los integrantes del equipo contrario, que lo abrazaban y gritaban hurras. ¡Increíble! Estábamos “gustando y goleando” y todo se vino abajo por un pequeño arbusto que estaba siendo vitoreado como si de un héroe se tratara.
Fue un golazo tan espectacular que ninguno se animó a invalidarlo, ya que era digno de aparecer en las recopilaciones de los mejores de todos los tiempos y que el otro cuadro ya lo había festejado. Para peor el partido lo ganamos 10 a 1. Sí, lo ganamos 10 a 1, pero el árbol fue nuestro verdugo. Ya no importaba quién fue el ganador. Ya no importaba quién fue el goleador. El arbolito se había llevado todos los créditos.
Todavía hoy en día al ir al Estadio lo veo y siento respeto. Sigue en el mismo lugar, con la frialdad y entereza que solo los grandes del fútbol tienen. Como decía al principio, me gusta gritar en los partidos, pero nunca más le grité “tronco” a un jugador. Nunca más, desde aquel día hace ya mucho tiempo, en que un humilde arbolito del Parque Batlle, fue el jugador del partido.
Giorgio.
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Proximo Artículo. (publicación: 24/04/2006)
Editorial: ¿Plumeros en el culo?
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Lo sé. También debo admitir que soy de esos insoportables que cuando juega un picado, corre por toda la cancha y putea durante todo el partido. Entre los que me sufrieron alguna vez, están todos los del cuadro de barrio de la niñez. Recuerdo que en esos años mi viejo tenía la paciencia y dedicación de llevar a una trouppe de mocosos todos los fines de semana, a jugar interminables partidos de fútbol a diez goles. Estos “picados” duraban horas y a veces jugábamos tres o cuatro.
El escenario de tales épicas jornadas de "campito" era el Parque Batlle. Este parque es donde se ubica el Estadio Centenario de Montevideo, lugar donde otrora se conquistaran ejemplares hazañas deportivas por míticos teams uruguayos y donde hoy en día se luce la desidia de un país que no supo ni siquiera cuidar lo que más lo identificaba.
En fin. Dicho parque tiene varios claros donde se podían desarrollar los más increíbles y sanguinarios partidos de campito, con el único inconveniente de que era un parque muy arbolado. Existen en él árboles de todos los tipos, tamaños y colores. Unos se utilizaban para conformar los arcos agregando algún buzo y los que quedaban entremedio, como los jueces de un encuentro oficial, formaban parte del partido. En alguna ocasión había que eludirlos y, si te daba un rapto de habilidad, podías llegar a tirar alguna pared de árbol.
En el parque tuvimos una época de gloria donde pocos se atrevían a enfrentarnos. Los que conformaban el poderoso team de la esquina de Rodó y Requena eran: Carlitos, Juanjo, Alejandro, el Enano, Fabián, Lalo, mi viejo y yo. Carlitos es uno de esos amigos que siempre están en las malas y con el que solamente me peleaba en el fútbol. No era dotado para ser un jugador de campo, por lo cual se fue especializando en ser el portero del equipo. Una excelente actuación sucedía a una desastrosa, pero con el tiempo fue mejorando hasta hoy en día ser un arquero de confianza.
La cuestión es que nos encontrábamos en uno de esos partidos de campito. Como dije, en esa época teníamos un excelente nivel y goleábamos a quien se nos pusiera adelante. Las víctimas de ese día, no sabían como pararnos y eran aplastados 6 a 0. Todos queríamos ganar 10 a 0. La gracia ya no era ganar el partido, sino ser el goleador. Estábamos tan mal acostumbrados a ganar siempre, que teníamos una competencia interna por ser el goleador del día en el parque.
En un momento, un ataque del desperado y humillado equipo contrario culminó con una atajada de colección de Carlitos. La atrapó en el ángulo. Todos aplaudimos y él orgullosamente picó un par de veces la pelota (ya que había dos chiquilinas del barrio detrás de su arco mirando el partido), y se dispuso a sacar el fulminante contragolpe.
Todos corrimos y pedimos la pelota. Sería un contragolpe mortal. Carlitos dio un fuerte saque de mano con tanta mala suerte, que la pelota pegó en el pequeño tronco de un arbolito que estaba a unos diez metros. La pelota tomo una velocidad inusitada y se encajó en el ángulo derecho del atónito arquero.
Para que se visualice como fue, unos años después Maradona le convirtió un gol igual a los griegos en un mundial, solo que este fue a más velocidad y que el árbol no se lo gritó a la cámara. Juro que la pelota realizó la misma trayectoria y se encajó en el mismo ángulo y que Carlitos quedó igual de parado que el arquero griego. El árbol no festejo, pero sí los integrantes del equipo contrario, que lo abrazaban y gritaban hurras. ¡Increíble! Estábamos “gustando y goleando” y todo se vino abajo por un pequeño arbusto que estaba siendo vitoreado como si de un héroe se tratara.
Fue un golazo tan espectacular que ninguno se animó a invalidarlo, ya que era digno de aparecer en las recopilaciones de los mejores de todos los tiempos y que el otro cuadro ya lo había festejado. Para peor el partido lo ganamos 10 a 1. Sí, lo ganamos 10 a 1, pero el árbol fue nuestro verdugo. Ya no importaba quién fue el ganador. Ya no importaba quién fue el goleador. El arbolito se había llevado todos los créditos.
Todavía hoy en día al ir al Estadio lo veo y siento respeto. Sigue en el mismo lugar, con la frialdad y entereza que solo los grandes del fútbol tienen. Como decía al principio, me gusta gritar en los partidos, pero nunca más le grité “tronco” a un jugador. Nunca más, desde aquel día hace ya mucho tiempo, en que un humilde arbolito del Parque Batlle, fue el jugador del partido.
Giorgio.
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