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10/04/06

Los niños-monstruo.

Dicen, que muchas veces la realidad supera a la fantasía. En otras tantas, un oculto recuerdo de algo que nos impactó, se convierte en un ensueño difuso en el cual no logramos diferenciar realidad de ficción.

Recordé, que mi madre había contado algo que le sucedió en su adolescencia. Primero sonreí, creyendo vislumbrar uno de esos cuentos de miedo que se relatan a los niños para asombrarlos y hacerles consumir alimentos poco apetitosos.

En medio de ese sin sentido que causa un recuerdo con tintes de aterradora ciencia-ficción, me animé a reclamarle que narrara nuevamente la historia. Le exigí que dijera toda la verdad...


“Todo comenzó con una inocente invitación. Resulta que un hermoso día de verano, mi tía más querida me invitó a la estancia de una amiga. Nos quedaríamos ahí todo un fin de semana. Yo tenía unos catorce años y acepté gustosamente. Era mi oportunidad de salir del tedio de mi rutina diaria.

El viaje transcurrió sin sobresaltos. El paisaje era hermoso. Al llegar vi que el casco de la estancia era colosal. Tenía una bellísima casa principal, rodeada de varias dependencias de servicio y establos. Una importante cantidad de animales pastaba en los verdes campos. Se trataba sin lugar a dudas de una familia muy poderosa.

Me presenté y me alegré al saber que se trataría de un fin de semana de mujeres, ya que solo estarían la amiga de mi tía –esposa del dueño del lugar- y su nuera. ¡Seríamos cuatro mujeres!. ¡Y yo que estaba acostumbrada a pasar los días con mi padre y mis hermanos, todos hombres!.

La mañana transcurrió espléndida, ya que la tranquilidad era reconfortante y la temperatura permitía utilizar el estanque como piscina. Precisamente nadando y chapoteando fue que sentí por primera vez los gritos. Eran desgarradores, guturales. Llegue a pensar que tendrían monos por mascotas, pero no pregunte nada al respecto porque en esa época, con mi edad, uno no podía participar de las conversaciones de los adultos. Los escuché varias veces más, pero evité poner atención en ello.

La habitación de huéspedes donde me toco pasar la noche estaba equipada como si alguien descansara ahí habitualmente. ¡Me sentí más cómoda que en mi cuarto!. De repente, desperté en medio de la noche con los alaridos. Mentiría si dijera que pude conciliar el sueño y dormir tranquilamente.

A la mañana siguiente, en el desayuno, noté conversaciones extrañas entre las damas de la casa. La nuera de la señora, al escuchar los gritos, se levantó y se excusó argumentando que “tenía que alimentar a los niños”. “¿Niños?”-me pregunte. “Yo no los he visto. ¿Dónde los tendrán?”.

Esa tarde la vi caminando rápidamente hacia una dependencia de servicio. Yo siempre fui curiosa y si a eso le sumamos lo que estaba pasando: ¡¿cómo poder evitar seguirla?!. Sin que me notara, la seguí. Al acercarme los gritos se sentían cada vez más fuertes y nítidos. Me trepe a unos cajones para alcanzar una pequeña ventana y ahí los vi. Ellos me notaron porque rotaron sus descomunales cabezas, me miraron y gritaron. Quedé congelada del pavor y corrí los más rápido que pude.

Esa noche con los alaridos aún retumbando en los oídos, mi imaginación no me dejó dormir. Los veía por todos lados: asomándose por la ventana, acechándome desde el ropero. Los sentía respirando agitadamente debajo de mi cama, esperando el momento justo para abalanzarse.

Al amanecer mi tía notó la cara de aturdimiento que yo tenía. Seguramente razonó que yo descubrí lo que escondían, porque inmediatamente arregló la partida por razón de una tonta excusa. Nos despedimos, agradecimos la hospitalidad y partimos. Las dos conocíamos lo que allí se escondía. Nunca más me llevo a ese lugar. Nunca hablamos de ello. Murió varios años después y se llevó a la tumba toda posible aclaración.

Pasaron cuarenta años de ese día y aún hoy recuerdo los gritos y lo que vi por esa ventana: unos niños de unos diez años, corpulentos, encerrados en una jaula de unos diez metros cuadrados, yendo de aquí para allá en andadores de madera, con inmensas cabezas lampiñas, bocas carnosas sin dientes y uñas en forma de garras en sus retorcidas manos. Pero lo más espeluznante y que no podré borrar jamás de mi mente, fue la mirada: apreciaron que los observaba, porque rotaron sus cabezas hacia mí, mirándome firmemente con sus desorbitados ojos enteramente blancos.

Esa es la historia hijo. Y es toda la verdad...”



Me sentí impactado. Lo que me había contado mi madre era cierto. ¡Los monstruos existen!.

Seguramente todavía en algún lugar, a unas decenas de kilómetros, se encuentran esos niños-monstruo confinados en sus jaulas. Tal vez continúan comiendo de pestilentes bateas con sobras, escondidos al mundo por la vergüenza de sus bestiales progenitores, cautivos en sus cuerpos deformados.

Cabe la posibilidad de que existan cosas más horripilantes de las cuales nunca nos percataremos, que nos serán censuradas de las maneras más despiadadas. Quizá sea mejor no quitarnos el velo de los ojos, pero una cosa si es cierta: los niños-monstruo existen y uno podría estar encerrado en el sótano de mi vecino, rasgando desesperadamente la pared para escapar.

Giorgio.

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Proximo Artículo. (publicación: 17/4/2006)

El futbol y su entorno a veces puede ser muy gracioso.

Morite de la risa con la anecdota de "Carlitos y el árbol goleador".

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07:00 Anotado en Terror | Permalink | Comentarios (6) | Enviar a Email

Comentarios

Excelente historia! totalmente escalofriante y fantasticamente narrada. Felicitaciones!!

Anotado por: bel | 10/04/06

Coincido con Bel. Muy buena historia.
Siga así Giorgio !!

Anotado por: Marcelo | 10/04/06

Cortito, terrorifico y muy bien relatado. Muy bueno.

Anotado por: Gerard | 11/04/06

Una historia atrapante que deja en el lector un sabor inquietante y al mismo tiempo seductor. Tenemos un Edgard Allan Poe entre los uruguayos, seguí en la narrativa, no largues la pluma.

Anotado por: Juanse | 11/04/06

Cada vez que lo leo me gusta más!! Excelente uso del recurso de "caja china"!! (una historia dentro de otra)
Seguí atrapandonos con tus fantasticas historias.

Anotado por: Bel | 11/04/06

Excelente, me parece además una forma de hablar de los mostruos que viven en los niños, en la infancia de todos hemos vivido situaciones que parecen un suño, pero no lo son, porque son tan vivos que permanecen en el recuerdo tantos años como cuenta la historia

Anotado por: Belinda | 12/04/06